Entre 1864 y 1870 se desató una contienda que, por un lado tuvo a Argentina, Brasil y Uruguay, y, por el otro, a Paraguay. Este infame conflicto fue impulsado por los intereses del Imperio británico, que veía con muy malos ojos que el gobierno de Solano López tenga la rebeldía de ser un modelo de desarrollo y autonomía. Podía ser un muy “mal ejemplo” para el resto de sus vecinos de la región.
Todo comenzó en Uruguay. Un grupo de liberales comandados por el general Venancio Flores, derrocó al partido blanco, de corte federal. Y único aliado del gobierno paraguayo. Como secuaces aparecían el gobierno de Mitre en Argentina y la armada brasileña. Paraguay no toleró esta injusticia y le declaró la guerra a Brasil. Desde Buenos Aires se había optado por la neutralidad. Al no permitir el paso del ejército paraguayo, Solano López suma a la Argentina como nuevo contrincante. Si no sos amigo, sos enemigo.
Así, en mayo de 1865, Argentina, Brasil y Uruguay firmaron el tratado de la Triple Alianza. Allí figuraban las condiciones de rendición del gobierno paraguayo y los objetivos de la contienda.
Pero hoy vamos a detenernos en dos hitos de la guerra. Hay dos batallas que destacan. La primera ocurrió el 24 de mayo de 1866 en Tuyutí. El ejército paraguayo buscó el efecto sorpresa al asaltar el campamento aliado, pero la contraofensiva de la alianza fue más efectiva y terminó venciendo al bando paraguayo que, diezmado, de ahí en más cedió el ataque al ejército constituido por Brasil, Argentina y Uruguay hasta el fin de la guerra.
Por otro lado, el 22 de septiembre de 1866 se desarrolló la batalla de Curupaytí. Fue una de las grandes victorias paraguayas. En definitiva dejó fuera de la contienda al bando argentino comandado por Bartolomé Mitre y Lucio V. Mansilla. Desde ese entonces, la ofensiva quedó comandada por el ejército brasilero. Además, como dato curioso, hay que destacar que cayó en combate el hijo adoptivo de Sarmiento, Dominguito.
Pero hoy nos vamos a detener en dos imágenes que retratan el saldo dejado en aquellas batallas.
La fotografía fue una de las herramientas fundamentales para comprender la Guerra contra el Paraguay. No sólo fueron tomadas para fines documentales. Sino que su mayor razón de ser fue la comercial. George Thomas Bate, estadounidense de origen irlandés, luego de su paso por Buenos Aires, inauguró en 1861 una nueva sede Casa Bate & Cía en Montevideo. Durante la Guerra de Secesión en EE.UU. había notado que un negocio estaba creciendo de manera acelerada y que podía ser exponencialmente redituable: las fotografías de guerra. Familiares de los soldados que se encontraban luchando pagaban grandes cantidades de dinero para obtener imágenes de los campos de batalla.
En 1866, luego de transcurrido un año del comienzo de la guerra, Bate solicitó autorización al gobierno uruguayo para enviar a un fotógrafo a la contienda. Bate ofreció al gobierno de la banda oriental dos series de todas las imágenes que se obtuvieran para conservarlas en los archivos públicos. A cambio de aquello, pidió el traslado gratuito hacia la contienda de sus empleados y 6 meses de total exclusividad sobre el material. Nadie podía copiarlo en ese lapso. Es así que ese mismo año Javier López, junto a su aprendiz Esteban García, viajaron hacia la zona de combate. Aquel había aprendido el arduo proceso de la incipiente técnica de toma con placas de colodión húmedo, que debían ser reveladas mediante un complicado proceso in situ, excesivamente inestable.
El 24 de mayo de ese mismo año se desató la Batalla de Tuyutí. Contienda en la que fueron asesinados entre 15.000 y 20.000 personas en pocas horas, paraguayos en su mayoría. Se comenta que los aliados hacían piras con los muertos del bando de Solano López, pero como se encontraban tan delgados, el fuego no podía penetrarlos, debido a que no tenían grasa en el cuerpo.
Las fotografías que tomó López, se vendían en colecciones de diez copias de albúmina dentro de unas carpetas tituladas La Guerra Ilustrada. En general era imágenes triunfalistas (ideal para que las familias patricias de los aliados se sintieran orgullosas). Pero en aquel acervo se encontraba una fotografía que no cuajaba con el mismo tono sutil de victoria. La única imagen que se conserva de Esteban García es Montón de cadáveres paraguayos. El título lo dice todo. Es una obra que retrata la crueldad de la guerra, contrastando con las fotografías tomadas por Javier López, donde se visualiza un tinte más calmo, previo a las batallas.
En pleno siglo XIX la fotografía disponía de un criterio de verdad único. La gente de la época creía que lo que la cámara capturaba era, nada más y nada menos, que la realidad. Tal es así que, García, luego de pasarse al bando paraguayo por las injusticias cometidas desde el bando aliado, fue obligado a destruir todas la pila de placas de vidrio que tomó. Posteriormente fue fusilado. Fue la única imagen que sobrevivió.
Por otro lado, la pintura no estuvo exenta de la contienda bélica. El 22 de septiembre de 1866, en el asalto a las trincheras paraguayas en Curupaytí por parte de la Alianza, un casco de metralla destrozó la mano derecha de Cándido López, aquella que utilizaba para pintar. Formando parte del Cuerpo de Inválidos, Cándido regresa a Buenos Aires y educa su mano izquierda para pasar al lienzo los 90 croquis que había realizado durante su estadía en la guerra. Pinta 52 de los bocetos que llevó a cabo en el conflicto.
A partir de 1891, comienza a pintar su segunda serie de la guerra, donde intenta acentuar la horizontalidad del cuadro para ahondar en el relato bélico es por eso que utiliza telas de 50 x 150 centímetros. En la mayoría de aquellos cuadros reina la paz y solo se ven imponentes paisajes, desembarcos o movimientos de tropas, representaciones de carácter apacible. Después de la batalla de Curupaytí es una de las pocas obras donde la violencia contrasta fuertemente con los anteriores cuadros. En ella, la batalla perdida por el ejército aliado es el eje central.
Lo característico de la obra, al ser una representación de la guerra, es que no hay una presencia del héroe, aquel que resalta tanto en la imagen como en el combate. Tal vez por eso su obra no fue tomada en cuenta durante tantos años por parte de la élite del país. Esta no servía para formar una idea de Estado-Nación, donde los héroes eran los forjadores de dicha institución, y se sacrificaban por ella. El historiador Roberto Amigo sostiene que la pintura de López es más bien analítico-descriptiva, derivada de la representación de batallas de la cartografía militar europea. Un modo de representación que había tenido su desarrollo en el Río de la Plata, alcanzando un punto sobresaliente en las pinturas de batalla conocidas como Victoria de Urquiza pintadas por Juan Manuel Blanes en 1857. Lo cual estaba lejos de ser pedagógica-moralizante: no podía aportar a la creación iconográfica nacional de ese entonces.
En definitiva, es interesante pensar en estas dos obras como contraste de sus respectivas series, ya que la mayor parte de las obras que las componen retratan la contienda previamente a las batallas. En cambio, en este par elegido pueden observarse las consecuencias de una guerra a priori desigual, pero donde el pueblo paraguayo luchó hasta las últimas instancias.
