Los surrealistas. Esa cosa extraña que tuvo su punto de fulgor justo entre las dos guerras mundiales. Una agradable combinación entre las teorías freudianas, el partido comunista y los restos del dadaísmo. Se podría sostener que fue una de las vanguardias históricas más excéntricas. Sólo hay que ver las cosas que hacía y decía Dalí en su período surrealista. Demasiado extravagante para este planeta. De todas formas hoy toca hablar de uno de los pintores menos conocidos de esa tribu vanguardista, pero no por eso poco interesante. Uno que tal vez no tuvo tanta suerte en la vida ni tanta publicidad como su colega español. Uno que no la vió… o tal vez sí. Según cómo se quiera contar la historia.
Víctor Brauner nació en 1906 en Piatra Neamtz, un pequeño poblado entre las montañas de los Cárpatos, noroeste de Rumania. Muy cerca de donde gobernó con mano de hierro y empalizadas Vlad Tepes, figura más que polémica de la región y, a la misma vez, inspiración para Bram Stoker y su novela Drácula. Lo que me lleva a pensar que en esa parte del mundo son algo turbios.
En fin, retomando, Brauner fue un pintor y escultor perteneciente al movimiento surrealista, como dijimos anteriormente. Y el pobre casi no la cuenta. Podríamos decir, sin caer en lugares comunes, que veía tan bien que logró ver el futuro, o al menos una parte de él. Entre los suyos tenía la fama de ser un místico full time. Se cuenta que su padre era un ávido lector de textos cabalísticos y que médiums transitaban su hogar llevando a cabo sesiones de espiritismo. Así fue que los primeros años de su vida, los que marcan a una persona, fueron atiborrados de espiritualidad loca loca. Algo que plasmó en gran parte de su acervo artístico. Podemos fundamentar esto con varias de sus pinturas; pero hay un autorretrato con uno de sus ojos totalmente derretido que se lleva todos los flashes; y la verdad es que no fue una obra más en su acervo. Digamos que fue una obra premonitoria… (Música de suspenso: Chan, chaan).
Vamos paso a paso. Este gran artista rumano tenía una clara fijación por los ojos. En varias de sus obras se puede observar cómo la vista toma un rol activo en la obra. Tal es así como la pintura Hitler (1934), donde el rostro del führer es totalmente lacerado y los ojos no se salvan del castigo; y otro caso interesante es el óleo Sur le motif (1937), donde los ojos y la nariz de la figura del cuadro se convierten en pinceles pintando lo que parece ser un paisaje.
Continuemos, en 1930 pintó un llamativo cuadro bajo el título de Autorretrato con el ojo enucleado. En él se podía observar a un joven Brauner con el ojo derecho totalmente vaciado y derretido cual vela apagándose. El fondo opresivo de la obra y la inexpresión del rostro generan una especie de inquietud al detenerse a contemplar la pintura: un ser totalmente inmutable ante tal desgraciada. Es como si no supiera lo que le está ocurriendo, o simplemente, acepta su destino.
¿Y por qué este cuadro es tan importante? ¿Cuántas vueltas vas a dar, calesita cósmica? Ya va, ya va. No se impaciente, chamigo.
La verdad es que es un cuadro que siempre me llamó mucho la atención. Tuve la fortuna de toparme con él cuando leí Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato. Óscar Domínguez forjó una gran amistad cuando ambos vivieron en Francia. Es por eso que es parte fundamental de la novela. En un fragmento de Informe para ciegos el escritor argentino relata de manera escueta el hecho que voy a explayar a continuación.
Casi ocho años después de haber realizado el autorretrato, más precisamente la noche del 28 de agosto de 1938, Brauner se encontraba junto a dos pintores surrealistas españoles. Una gran bacanal impregnada de alcohol se estaba desarrollando. Los demás comensales eran Óscar Domínguez y Esteban Francés. La velada tuvo lugar en Montparnasse, Francia. Al parecer el alcohol no los pone mimosos, sino todo lo contrario. Se despertó una bronca, vaya a saber uno por qué razón, motivo o circunstancia. Estaba todo dado para que aquella fuera una noche de terror. No se olviden que eran surrealistas y el inconsciente es más consciente que nunca en aquellos muchachos. Sobre todo si el alcohol hace mella. No sé, me han contado. La cuestión fue la siguiente, el anfitrión se encontraba discutiendo y tomándose a golpes de puño con Francés y Brauner, para defender a su amigo se interpuso entre el vaso de vidrio y su destinatario. A que no saben qué sucedió…
(Pausa de suspenso) 1, 2, 3… va:
El vaso fue de lleno al ojo derecho, aquel que había sido pintado totalmente vaciado en su autorretrato un tiempo atrás. Mirá que tenés que estar salado, hermano, eh. Uno puede tener la confianza de que te va a salir el Quini 6; pero predecir que te van a achurar un ojo, eso sí que es yeta. Básicamente, hablando mal y pronto, el destino le dijo “tomá, acá tenés; tanto que rompes las bolas con los ojos” y “PUM”. Ahora sí, tanto que esperaste, se te dio. Sólo hacía falta una juntada con la muchachada. La conclusión de todo esto es que no hay que estar jugando con el destino, menos si te juntás con una parva de borrachos irascibles.
Pero esto no es todo. Hoy me siento Jorge Suspenso, personaje de Capusotto. En 1932, pintó Paisaje mediterráneo. En ella se puede apreciar una figura muy similar a Brauner con el mismo ojo enucleado y una D saliendo del mismo ¿D de Domínguez? Esto ya me empieza a dar miedo. Pero fue lo que ocurrió y es a libre interpretación ¿Broma del destino? ¿Casualidad? Los hechos están sobre la mesa, usted lector, lectora, quédese con lo que le plazca. Yo elijo creer.
Luego de aquel hecho lamentable, el pintor cíclope se las arregló para seguir pintando y armando su valija para escapar de donde no lo querían. En 1948 dejó el bando surrealista y se dedicó pura y exclusivamente a realizar cuadros que rememoraban lo prehistórico y a estudiar la Cábala, como buen judío místico.
Al parecer lo esotérico y el arte fueron dos refugios para este pobre hombre. Es que, además de no tener buenos reflejos, su vida estuvo marcada por un derrotero forzoso: de Rumania se dirigió a Francia entre 1925 y 1927 y no pudo sostener con éxito sus ansias de triunfar con su arte. Así que tuvo que volver al seno rumano. Luego tuvo su revancha en París. Aunque con mucha cautela, ya que tuvo que convivir en la clandestinidad porque el nazismo no paraba de cazar judíos. Así que vivió en casas de amistades tanto en Perpiñán, en los Pirineos Orientales y en Saint Feliu d’Amont. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial no pudo retornar a Rumania debido a que su hermano fue un prisionero político del gobierno comunista. Eso quiere decir que la familia no tenía el mejor prontuario. Y para qué complicarse más la vida.
En conclusión, vivió 28 años más con su ciclopía. Pero eso no le impidió seguir pintando. 3 años antes de su deceso recibió la ciudadanía francesa. Murió en París en el año 1966 trás una larga enfermedad. Sus restos fueron depositados en el cementerio de Montmartre. El epitafio fue tomado de una frase encontrada en su cuaderno de notas: «Peindre, c'est la vie, la vraie vie, ma vie» («Pintar es la vida, la verdadera vida, mi vida»).
